El duelo de la versión de mí que ya no soy
- Seres en cambio

- 27 feb
- 2 min de lectura
Hay un duelo del que casi no hablamos. No es por alguien que se fue. Es por alguien que fuimos.
A veces el cambio no solo nos transforma hacia adelante, también nos obliga a despedirnos hacia atrás. De la versión fuerte que podía con todo. De la que entrenaba sin límites. De la que no necesitaba detenerse. De la que creía que siempre tendría la misma energía, el mismo ritmo, la misma certeza.

En Seres en Cambio hemos vivido ese proceso desde lugares distintos, pero con una sensación compartida: la incomodidad de dejar ir una identidad que durante mucho tiempo nos sostuvo.
Cuando el cuerpo cambia (por una lesión, por agotamiento, por procesos emocionales o personales), no solo se modifica la rutina. Se mueve algo más profundo. Se tambalea la narrativa interna de quién creemos que somos.
Y ahí aparece el duelo.
No siempre es dramático. A veces es silencioso. Se manifiesta como frustración cuando ya no rendimos igual. Como nostalgia al recordar lo que antes parecía tan fácil. Como comparación constante con una versión pasada que idealizamos.
Duele aceptar que no somos exactamente los mismos. Que nuestras prioridades cambiaron. Que nuestra forma de movernos, de relacionarnos o de exigir ya no encaja con lo que hoy necesitamos.
Pero el duelo no significa fracaso. Significa transición.
Aferrarnos a lo que fuimos puede convertirse en una forma de violencia hacia lo que estamos siendo. Porque crecer implica soltar. Y soltar, aunque sea necesario, también duele.
En este proceso hemos aprendido que honrar una versión pasada no es intentar revivirla, es agradecer lo que nos dio. Esa versión nos enseñó disciplina, fuerza, resitencia. Nos permitió llegar hasta aquí. Pero no está diseñada para acompañarnos en todas las etapas.
La pregunta no es cómo volver a ser quienes éramos. La pregunta es quiénes estamos llamados a ser ahora.
Aceptar el cambio requiere valentía. Implica reconocer límites, escuchar el cuerpo, ajustar expectativas y permitir que la identidad evolucione. Implica entender que no todo lo que dejamos atrás es pérdida; muchas veces es espacio.
Espacio para una relación más amable con el cuerpo. Para una disciplina menos rígida. Para un movimiento más consciente. Para una vida que no se mida únicamente por rendimiento.
El duelo de la versión de mí que ya no soy es, en realidad, una puerta. Una invitación a construir una identidad más honesta, más alineada con el momento presente.
No somos menos por cambiar. No somos débiles por necesitar algo distinto. Somos seres en cambio.
Y tal vez crecer no se trata de convertirnos en alguien nuevo, sino de permitirnos ser quienes hoy somos, sin compararnos constantemente con quien fuimos.
Si estás atravesando ese duelo, no estás sol@. Cambiar también es una forma de cuidarte.
Porque en cada despedida interna, hay una versión más consciente esperando ser habitada.




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