Moverme para sostenerme
- Seres en cambio

- 30 ene
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Durante mucho tiempo, movernos fue sinónimo de constancia, disciplina y fuerza. Aprendimos a empujar el cuerpo, a exigirle un poco más, a no escuchar del todo cuando algo dolía. Porque detenernos no parecía una opción.

Hasta que el cuerpo habló más fuerte.
Las lesiones llegaron en momentos distintos, con historias distintas, pero con un mensaje en común: algo tenía que cambiar. No fue una decisión consciente al inicio. Fue una pausa obligada. Un freno que incomodó, que frustró, que dolió más allá de lo físico.
Mover el cuerpo dejó de ser automático. Dejó de ser refugio. De pronto apareció el miedo: a perder fuerza, ritmo, condición, identidad. A no volver “como antes”. Y también apareció el enojo. Con el cuerpo. Con el límite. Con la sensación de estar fallándonos.
En ese espacio incómodo empezamos a hacernos preguntas que antes no existían.
¿Desde dónde nos estábamos moviendo? ¿Desde el cuidado o desde la exigencia? ¿Desde el disfrute o desde el castigo?
Movernos como castigo se veía así: entrenar aun con dolor, ignorar señales, medir el valor personal en rendimiento, sentir culpa por descansar. Era una forma de control disfrazada de constancia.
La lesión nos obligó a mirar distinto. A movernos más lento. A escuchar. A aceptar que el cuerpo no es una máquina que se repara sola, sino un sistema sensible que necesita tiempo, atención y respeto.
Moverme para sostenerme empezó a tomar otro significado. Ya no se trataba de cuánto hacíamos, sino de cómo nos sentimos mientras lo hacíamos. A veces sostenernos fue caminar despacio. Otras, estirar con cuidado. O simplemente respirar y permitir que el cuerpo descansara sin culpa.
Hubo días de paciencia y otros de resistencia interna. Porque aprender a movernos sin castigarnos no fue inmediato. Fue un proceso lleno de contradicciones: querer avanzar y tener que frenar; confiar y al mismo tiempo dudar.
Con el tiempo entendimos que el movimiento también puede ser suave y aun así profundo. Que bajar el ritmo no es rendirse. Que escuchar al cuerpo no es perder disciplina, sino transformarla.
Moverme para sostenerme es hoy una decisión consciente. Es elegir movimientos que acompañan el proceso en el que estamos, no el que creemos que deberíamos estar viviendo. Es honrar los límites sin dramatizarlos y celebrar lo que sí es posible.
Este cambio no nos alejó del movimiento; nos acercó a una relación más honesta con él. Una donde el cuerpo no se vive como un enemigo a vencer, sino como un aliado que avisa, protege y cuida.
Moverme no para castigarme, sino para sostenerme, es reconocer que el cuerpo no nos falló. Nos estaba pidiendo atención. Y aprender a escuchar fue, quizá, el movimiento más importante.




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